Carta a Rodolfo Walsh
Por Osvaldo Bayer
(APe).- Hace 17 años, Osvaldo Bayer publicó una carta a quien
consideró su maestro, pese a haber nacido los dos el mismo año: Rodolfo Walsh.
Ayer se hizo un abrazo a una escuela de Junín en la que una maestra fue
amenazada por militares por haber enseñado a sus hijos con textos del autor de
“Operación Masacre”, “¿Quién mató a Rosendo?” o “Esa mujer”. Bayer y Walsh, dos
referentes ineludibles del periodismo argentino. El texto se editó en Página
12, el 1 de abril de 1995.
Querido Rodolfo:

Tu carta a la Junta
Militar lo previó todo, denunció todo, dijo todo. La
escribiste aquí, en tierra y de frente. Basta comparar tus límpidas, escuetas
verdades, con el último decreto de los militares que decretó la autoamnistía de
los generales en huida, el firmado por aquel Bignone, el único oficial de la
historia que entregó a sus propios soldados para que los asesinaran. Vos, con
la palabra allí, de frente, sin moverte. Los generales con sus picanas, sus
pentonavales, sus capuchas, que ya pensaban en la fuga. Desde el momento en que
cerraste el sobre con tu misiva ya comenzaba la derrota del plomo. Tu palabra y
tu ética, Rodolfo. Por eso tu nombre ya está en una esquina porteña. Tan
pronto, contigo, la Historia
hizo su selección. Vos el 'terrorista', listo a la discusión otra vez. Los
occidentales y cristianos Videla, Massera y toda su cohorte de amanuenses ya en
el techo de la basura de la historia, por los siglos de los siglos. Vos, sin
títulos, sin premios. Es que marcaste a fuego, sin proponértelo, al resto de
los intelectuales argentinos. Los hubo quienes se sentaron a la diestra del
dictador a la mesa servida del triunfo de la picana y hubo otros que no oyeron
ni vieron ni hablaron cuando los balazos te fueron llevando la vida. Habrás
sonreído cuando leíste la nómina de intelectuales que ahora adhieren a tu
recuerdo. Los que te negaron al tercer canto del gallo hoy se apresuran a
aplaudirte. ¿Y que dirán aquellos científicos de las letras, faraones y
mandarines de cátedras e institutos que te calificaron esteta de la muerte? Hoy
se apresuran a poner tus libros en las vitrinas oficiales. Pero nunca le diste
importancia a esas cosas. Con tu máquina de escribir te metiste en los
intestinos del pueblo, en el dolor y la humillación de la pobrería, de los
azuzados. Mientras otros se dedicaban a cuchilleros o hacían romanticismo con
antiguos generales fusiladores, vos -decepcionando a los críticos literarios
consagrados- te metías en la actualidad: ¡oh pecado!, y todas sus mafias. Algo
imperdonable para el olimpo y los repartidores de prebendas. Pero ni reparabas
en esto. Trascendías a todas las sectas de café y de cátedra. Estabas en la
calle con los perros y los piojos, los jóvenes y los ilusos, eras el Agustín
Tosco de las redacciones. Agustín Tosco ¿te acuerdas de ese muchachón en overol
que hablaba de cosas como justicia e igualdad, dignidad y deber? Palabras que
no figuran más: hoy todos nos empujamos por aparecer en tapa. Te tomaste en
serio la palabra. Exageraste en eso de la verdad. Además siempre creíste que
había llegado el momento de descifrar ya los jeroglíficos y las claves.
Dedicabas tu tiempo a eso mientras los otros trepaban, trepaban. En una
sociedad maestra del trepar soñabas con implantar normas que permitieran un país
donde todos tuvieran una canilla con agua y maceta con malvones. ¿Por qué tu
insistencia si ya se había demostrado que todos esos intentos terminaban como
le fue a Rosa Luxemburgo, con un balazo en la nuca y con el rostro en un charco
de lodo? Cometiste otro gran error que tampoco los mandarines de las letras
podían perdonarte: hiciste la mejor literatura con un estilo directo, claro,
preciso, como el de un maestro primario rural. Te entendían y te entienden
todos. Rompiste el mito sagrado que un intelectual debe ser un travesti de las
palabras y no un sembrador de quimeras y rebeldías. Tu más grande pecado fue
hacer arte literario puro con sólo los siete colores primarios (...).
La ética es como una cadena sin fin que viene desde el comienzo de la Historia. Y gracias a
esa ética y gracias a los Rodolfo Walsh que se fueron dando la mano, hoy
todavía hay vida en este mundo. Gracias Rodolfo. Qué alegría nos ha dado el
verte de nuevo entre nosotros, para siempre.